Se oyó sonar la escalera del patinillo.

—Aquí le tenemos—murmuró misia Casilda poniéndose muy seria.

Quilito entró, con un cigarro en la boca.

—¡Hola! ¡tanto bueno por acá!

Tiróle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera de níquel, le deslizó hábilmente en el oído esta pregunta:

—¿Hay algo?

El atorrante dijo que sí, moviendo la cabeza, muy risueño, a la vez que se apresuraba a desocupar la cigarrera.

—¿Vienes, Agapo?—dijo el joven.—Me voy a la Bolsa y tengo prisa.

Y mientras el otro se levantaba, la señora, silenciosa hasta entonces, llamó aparte a Quilito; en un rincón, pasando la mano por el cuello de su gabán para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijo bajito que no le parecía bien saliera en compañía de aquel hombre; ¿qué dirían los que le vieran?

—¿No es mi tío?—dijo él con afectada seriedad.