—¡Psh!—hizo Quilito,—lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo.
Echóse el sombrero a la nuca, y saludó con un gesto familiar a míster Robert.
—A quien se va a llevar el diablo es a mí—dijo Jacintito estrujando con rabia el periódico,—¡estoy de un humor! ¡maldito sea o senhor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo!
—¿Te ha echado otra vez la garra?
—¿Cómo no? pero la culpa es mía. ¡No le costó poco arrancarle al viejo los cinco mil nacionales, que debía al pícaro portugués! Si uno pudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa...
Jugó a la alza, cuando ésta se mostraba firme, y de repente la baja se pronunció, sin saber cómo ni por qué, arrastrando en su caída a muchos incautos, él entre ellos; quedó deudor de cierta suma, a pagar dentro de las veinticuatro horas, no se atrevió a acudir al padre, esperando resarcirse en otra jugada, y para salir del paso valióse del usurero. Siguió adversa la suerte, y entretanto, llegó el plazo fijado por don Raimundo; no hubo más remedio que impetrar del viejo la salvación. Le puso una cara y le echó un sermón de fraile descalzo, pero aflojó la mosca, que era lo esencial; dióle a entender, sin embargo, que aquella sería la última vez, pues la borrasca se acercaba, y según indicios, iba a ser muy fuerte y muy pocos los que escaparían de ella.
—¡Chocheces de viejo!—dijo Quilito con suficiencia:—si te cierra la bolsa, acudes al Banco, que es el padre común de los fieles.
—No habrá más remedio...
Bajó la voz, porque quería contar algo que no convenía oyera el socio, inclinado sobre el pupitre. El padre le había dicho también, que veía con sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por la centésima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupción la madre en el despacho, y adhirió su protesta a la de don Bernardino, significando que había observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y el primito que le olían a festejo descarado, lo que hizo enfurecer al padre. Salió Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no había tal delito, que no podía haberlo, porque él, compañero inseparable, y a mucha honra, de su primo, tenía que estar enterado, como lo estaba, de que el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la tía Goya, sin dar su brazo a torcer, llamó a la barra a la supuesta cómplice, y entre todos se la sometió a minucioso interrogatorio. Susana negó de plano, y el juicio quedó terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino:
—¡Ni ahora ni nunca daré mi consentimiento, en el caso desgraciado que a un hijo mío se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos ha ofendido!