—¡Nunca, nunca!—apoyó el fiscal, o sea misia Gregoria.

Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugnó la sentencia, declarándola improcedente, porque no había motivo para dictarla, e inicua, porque era la sanción de odios que los años debían haber apagado. En cuanto a la amistad del primo, demostró el propósito de perseverar en ella... porque no le quitaba a él ningún pedazo, ni le haría perder casamiento, como aseguraba su madre.

—Tenía los cinco mil en el bolsillo—concluyó Jacinto,—y bien podía desahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan.

Quilito, muy contrariado, replicó:

—Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada en casa. ¿Quién será el inventor de esa zoncera? Ni yo miro a tu hermana, ni ella a mí. Además, ninguno de nosotros tiene nada que ver en que ellos anden como el perro y el gato.

Cambiando de conversación, preguntó:

—¿Vas a Palermo?

—Sí, iremos; a las cuatro viene el faetón.

—Bueno; ya que te empeñas...

Abrióse la mampara y entró un hombre, que parecía una figura de cromo: muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojos pequeños y penetrantes, con un levitón color de café y una chistera tornasol; era el muy respetable señor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo, de estado casado, de nacionalidad portugués y de profesión usurero, el ángel protector de empleados impagos y pensionistas atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entró haciendo saludos de miope y se sentó sin ceremonia en la primera silla que encontró, colocando la chistera sobre sus rodillas, después de mirar y convencerse que no había sitio más apropiado.