—Ya está usted aquí, señor don Raimundo—dijo Jacintito.
—Hoy estamos a 26 de mayo—contestó el viejo secamente.
—Lo sé, lo sé; ¡Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de su almanaque!
Sacó la cartera y le pagó, presentando los billetes con arrogancia; calóse las gafas el otro, maravillado de tal espectáculo y metió las narices en ellos, menos por causa de su miopía, que por regalarse el olfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; y como quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de sus clientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los oídos rellenos de algodón para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudor moroso, quedóse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonrió, más de gozo íntimo, que por parecer amable.
—Me alegro y me felicito—dijo ensayando nuevo saludo;—esto me prueba que marchamos viento en popa.
—¡Y tanto!—contestó Jacinto con petulancia.
Quilito, así que vió aparecer al portugués, sintió cierto desasosiego, y para ocultarlo, cogió el periódico que tenía cerca y lo colocó delante de su cara, fingiendo estar entregado a la más interesante lectura; de vez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le parecía tan feo y repulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y se abocó a él, más muerto que vivo. La punta de la nariz se le movía entonces, como ahora, y mostraba también sus dientes mellados y los colmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas que podían servirle de fiador.
—Sí, Vargas, Vargas—decía mascullando las palabras,—empleado con ochenta nacionales... esto no basta. ¿No tiene usted un pariente o amigo de representación?...
Y Quilito echó mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su tío, don Bernardino Esteven.
—Eso es otra cosa—exclamó el usurero;—conozco mucho al señor Esteven; cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida.