—Espero que no hablará usted a mi tío, ni a nadie, de este asunto.

—Sólo a plazo vencido y letra protestada—contestó don Raimundo levantando un dedo, lo que al muchacho se le antojó terrible signo de amenaza.

Todavía el plazo no había vencido, faltaba un mes, pero la suerte le trataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22 de junio, sin un centavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. ¿Le habría conocido? Era tan corto de vista... Inquieto, sin embargo, se levantó y fué a hablar con míster Robert, procurando dar la espalda; ambos se enredaron en una discusión política de tono muy subido.

—Si aquí no hay opinión, ni energía, ni principios, ni nada, ni quien se levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre, como a Diógenes, míster Robert.

—Lo que hace falta es no vivir al día, y gastar menos de lo que se tiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar el porvenir al trabajo honrado y no al azar del juego.

—Diríase que es usted situacionista.

—No lo fuí nunca y menos lo sería ahora.

—Pero no me negará usted que aquí todo se vuelve hablar y nada entre dos platos. Luego, el ministro de Hacienda...

—¡Si todos fueran como usted!—decía don Raimundo guardando enternecido los billetes en el bolsillo interior de su levitón;—se está poniendo la plaza de tal modo, que no sabe uno ya con quién trata.

—Ya tendrá usted sus quebraderos de cabeza—insinuó Jacinto,—y qué gastar muchas botas y cansar mucho las piernas.