—¡Ay, ay, ay! le citaré a usted un caso, uno de los mil que me han ocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***, ¿verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de viso y jugador de muñeca, que vino de su provincia cantando y ahora hace bailar los títeres a su antojo... Pues no puede pagarme los veinte mil pesos que me debe y que en un momento de apuro le presté a escaso interés, créalo usted, a muy escaso interés. Y S*** es un hombre que tiene todos los Bancos a su disposición, pero está de tal modo metido en negocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar a otro. Y si esto sucede con los pájaros gordos, ¿qué no ha de suceder con esos chingolos, que la enfermedad de la época ha contaminado, pichones caídos del nido y desplumados? Pero, señor, si aquí todos estamos locos o poco menos; la pasión del juego de Bolsa se ha desarrollado en forma tan alarmante, que hasta mi señora, Belarmina, una excelente mujer que no ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme los botones, ha echado también su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me ha preguntado, con mucho interés, si las cédulas tales subían o bajaban. Mi hijo, que tiene ocho años, me ha declarado que él será corredor de Bolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga del colegio.—Siquiera tuviera quince años—dijo la madre.—Por mí le habilito la edad—contesté;—para ser corredor más que inteligencia, necesita buenas piernas. En fin, sería el cuento de nunca acabar: el sebo de una fácil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afán del lucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido pie y empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas será un rechinar de dientes.
—Así tuviéramos buen gobierno—decía Quilito.
—Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, ¿cómo hemos de gobernar al país?—replicaba el inglés descargando golpes con la regla sobre el pupitre;—lo que yo siento, es que aquí vamos a pagar justos por pecadores.
En la calle el rumor de vehículos y transeuntes ensordecía; los muchachos pregonaban a grito herido los periódicos de la tarde.
—¿Y su papá de usted?—preguntó don Raimundo bajando la voz,—¿qué tal le va en medio de esta marejada? Me habían dicho que tuvo pérdidas de consideración el último mes y que dos quebrados le dejaron clavado.
—¡Macanas!—respondió Jacintito con desprecio;—el viejo sabe lo que se hace.
—Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo.
Le miraba a través de sus gafas con insistencia: el chico debía estar en el secreto de la verdadera situación de su padre, porque ésta no puede ocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguían inconmovibles, ¿por qué le había buscado a él, don Raimundo? Cuando se acordaba de que existían prestamistas, es que iba a pedir lo que quizá en aquel momento no tenía... Sus pérdidas recientes en la Bolsa y su visita, sin resultado, porque no le encontró. Don Raimundo ataba estos cabos.
Jacintito miró el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa. ¡Aquel era el gran día! Su corredor le esperaba después de la primera rueda; si la baja se acentuaba, la operación se realizaría con una no despreciable ganancia. No había de hacer siempre el perdidoso...
—Pues vamos allá, a ver si logro pescar algunos clientes, que se me escurren como anguilas.