Se callaron, porque muy cerca, dos corredores reñían y se daban de mojicones. Quién corría, quién gritaba y algunos se interpusieron entre ambos combatientes; apabullado el sombrero, la corbata deshecha y la cara amoratada, se fueron cada cual por su lado, echándose miradas de desafío.

—Los nervios están cargados de dinamita—dijo Rocchio.

—Esto es el diluvio universal, el fin del mundo—repuso el viejo.

—¡Ojalá!—exclamó un joven pálido, ojeroso, que acusaba en su semblante el desgaste precoz de sus fuerzas.

Y volviéndose al anciano, añadió:

—¿Sabe usted cuánto llevo perdido? ochenta mil nacionales, y tengo que pagarlos en las veinticuatro horas, y mujer e hijos que mantener, y un sueldo en una oficina que apenas me alcanza para comer y vestir. ¡Que venga, que venga el diluvio! ¡Ojalá!

Bondadosamente, el viejo, un antiguo conocido, le hizo reflexiones, que le impresionaron.

—Ya lo sé—contestó el joven,—pero he querido hacer como todos; veía cada día salir de la nada en un periquete a éste, a aquél, y triunfar con lujo soberbio en todas partes. Si la Bolsa levantaba a tantos, ¿por qué no había yo de subir también? El empleado, en nuestro país, está sujeto al capricho del jefe, sin la salvaguardia de un reglamento que, en todos los casos, es siempre la arbitrariedad y el favoritismo más vergonzoso, más humillante, más indigno. No llega sino el que es amigo del ministro, el que es pariente del ministro; los méritos contraídos, los servicios prestados nada significan, y sin buenas cuñas no hay ascensos, y sin adulación y sin bajeza: el empleado que quiere marchar por sus cabales, es condenado a vegetación perpetua, y esto si, en un día de mala digestión del señor ministro, no se le borra del cuadro de una plumada. El deseo de salir de una situación semejante y el mal ejemplo me arrastraron, y jugué, jugué lo que tenía y lo que no tenía. ¡Ochenta mil nacionales! ¿de dónde sacarlos? Mi alma al diablo vendería. ¡Que venga el diluvio! ¡Ojalá!

Calló el joven pálido y los dos hombres se miraron, entristecidos. Rocchio pensaba que él, siquiera, era un hongo, y que en su triste cuarto de hombre solo, no encontraría lágrimas en el día de la desgracia, si llegaba. Ya que se cae, por la propia falta, sufrir solo sus consecuencias es siempre un consuelo para los corazones generosos.

Detrás, se contaba dinero sobre las mesas, afanosamente: no se escuchaba la agradable música de las monedas, porque eran enormes mazos de billetes, sucios y deleznables, espulgados por dedos que la práctica hacía parecer mecánicos. Las mesas desbordaban; sobre las sillas cercanas había pilas simétricas: era una orgía de dinero, tentadora, insolente y cruel, como mesa cubierta de suculentos platos, a los que es prohibido tocar, y que el hambriento mira encandilado, de lejos, bajo la tortura de su estómago y de su olfato. Las narices se inflaban, y sorbían con delicia el aroma que la diosa Fortuna desparramaba en la sala, como oxígeno vivificante, estímulo fugaz de cansados pulmones; regocijábanse los ojos, y las manos sentían cosquilleos extraños, impulsos poderosos de pasearse sobre las mesas y tocar y acariciar tanta riqueza acumulada, y revolcarse en aquel lecho voluptuoso, poseídas de una sensualidad irresistible. Don Raimundo Portas rondaba el tesoro, arrojando miradas de codicia, embriagado, subyugado con aquel espectáculo, relamiéndose golosamente.