—¡Oro 343!—gritó una voz.

Alguien tocó en el hombro a Rocchio. Era Jacintito, descompuesto, con el sombrero ladeado, amarillo, muy grave. El coloso se levantó.

—Amigo Esteven, me alegro de verle.

—Amigo Rocchio, una palabrita...

Se apartaron, y a boca de jarro, Jacinto soltó la palabrita:

—No puede ser, no puede ser y no puede ser; el mes que viene quizá, pero hoy no, no y no.

Sacudía la cabeza a cada negativa.

—La liquidación de mayo es un desastre general; no habrá uno que se salve de la volteada: ¡hasta Schlingen quiebra, dicen! ¿qué puedo yo hacer? Usted me conoce bien y sabe que he cumplido siempre mis compromisos, pero hoy me es imposible, absolutamente imposible, irremediablemente imposible pagarle los cincuenta mil nacionales. ¡Usted ve cómo está esto! ¿quién podía prever lo que ha pasado? Acciones que han bajado veinte y treinta puntos de golpe...

—¡Perfectamente!—dijo Rocchio, temblándole las manazas, con ganas de hacer una atrocidad, porque era la tercera acometida que sufría su bolsillo aquel día.—¿De modo que usted también me planta? ¿y con qué voy a pagar yo las acciones compradas a su nombre y por su orden? ¿Sabe usted que ya me andará buscando el vendedor, y que si no le pago saldré a la vergüenza en la pizarra?

—Pero, amigo Rocchio...