—Amigo Esteven, cuando no se tiene dinero a mano, no se hacen operaciones de Bolsa; comprar al fiado, con ánimo de pagar si se gana y de trampear si se pierde, es una estafa, sí, señor, una estafa; y no retiro la palabra.

Jacintito de amarillo se puso rojo, y de rojo, amarillo otra vez, porque el vozarrón del italiano se oía como un trompetazo, y la gente se volvía, con curiosidad.

—Cálmese usted, no tiene usted derecho de tratarme así; cuando yo le digo que para junio...

—Si usted no puede responder, responderá su padre.

—¿Mi padre? imposible; está agobiado de compromisos.

—O su socio; el señor Robert es una persona decente y no querrá dejar empañada la reputación de su casa; precisamente, acabo de verle aquí, y he de hablarle.

El muchacho enrojeció de nuevo hasta las orejas, hasta el blanco de los ojos.

—Ya sabe usted que mi socio no tiene nada que ver con mis negocios de Bolsa; yo juego porque sí, porque me da la gana, solo, por mi cuenta y riesgo. No mezcle usted mi casa en este asunto.

—¡Bonita excusa!—tronó el gigante.—¿Qué galimatías es ése? ¿No forma usted parte de la razón social Esteven y Compañía? Pues la casa Esteven y Compañía es la responsable de sus operaciones comerciales.

El chico se ahogaba; ¡no poder tapar la boca de aquel animal! Ensayó domesticarlo, con frases cariñosas y acento humilde.