Y remando con los codos, escapó a un pasillo, temblando todavía de haber visto tan de cerca la cara del portugués, aquella nariz movediza como una trompa y aquellos dientes de mastín, tan salientes que el labio alcanzaba apenas a cubrir. En el pasillo le encontró Jacinto, y allí cambiaron ambos sus impresiones de especuladores corridos.

—¿Creerás que el viejo no ha querido soltarme un centavo? ¡ni medio! No han valido súplicas ni amenazas. Le dije que me iba a pegar un tiro, y me contestó muy fresco que para él lo querría. Con ese bruto de Rocchio he tenido una agarrada y casi nos hemos pegado; ¿pues no pretende el mastodonte que le dé hoy mismo los cincuenta mil nacionales? En cincuenta mil pedazos me partiría yo para pagarle, y luego, de yapa, le daba cincuenta mil puntapiés con mucho gusto. ¡Mira, ché, no hay suerte más perra que la nuestra!

—¿Sabes una cosa?—dijo Quilito,—a mí me parece que tu padre se ha enredado también en las cuartas; él tiene acciones del Vitalicio, y es muy amigo de Schlingen.

—No sé, pero a papá le pasa algo; te digo que nunca le he visto así, tan duro en negarme, tan inflexible. Me dejó salir del despacho, sin hacer caso de mi amenaza de suicidio; creía yo que me llamaría luego, y bajando la escalera, me decía: de seguro que ahora me llama y me da los cincuenta mil nacionales. ¡Que si quieres! Nada, ni se movió, ni chistó. ¡Si las cosas no pintan mejor en junio, te juro que me regalo una bala, como hay Dios!

Quilito repuso:

—No tengas cuidado, que ya pintarán mejor.

—Me admira tu confianza y tu frescura—exclamó el primo,—porque si a mí me llega el agua a la cintura, a ti te debe subir hasta el pescuezo; ¿qué vas a hacer con el portugués?

El joven Vargas hizo un movimiento olímpico de desdén.

—Mira, Jacinto, lo que yo sé es que en estos casos hay que mostrarse hombres y tener muñeca y saber vivir; al gringo le emplazo, como tú, para junio, y al portugués... la letra vence el 22. ¿Crees que de aquí al 22 de junio no me habré alzado con una suma suficiente para saldar mi deuda y comprarme corbatas? Todavía puede ser que me anime y le pegue otra pechada a don Raimundo... O mucho toupet o hundirse. El Vitalicio nos ha fumado esta vez, pero, ¿y si hubiéramos ganado? ¡qué atracón de nacionales!

En realidad, estaba más abatido que Jacinto, pues el porrazo sufrido con el desastroso bajón de las vitalicias, como llamaban a las acciones del Banco de Schlingen, le había partido por la mitad, pero era él así, fanfarrón, embustero y más soberbio cuanto más castigado de la suerte. Decía de acercarse nuevamente a don Raimundo, y don Raimundo acababa de echarle de sí con cajas destempladas, hacía una hora: andaba el portugués aquel día, como cuervo revoloteando en el campo de batalla sobre los cadáveres abandonados; la liquidación era río revuelto y la pesca fenomenal. Pero sabía el usurero escoger su presa, y cuando el pez cogido en la malla era pequeño o no prometía nada de sí, sin piedad arrojábalo a la corriente; el joven Vargas, no hay que decirle, era un miserable pececillo, pura escama y pura espina, a pesar de sus colores brillantes y sus aires pretenciosos; reconocerle y echarle al agua de cabeza, fué todo uno.