—¿Otro préstamo más?—dijo el usurero.—¡Estamos frescos! Ni al veinte por ciento. Usted es el sobrinito de Esteven, ¿verdad? pues peor.
—Sin embargo—se atrevió a argüir Quilito,—usted tiene un pagaré a mi nombre, que... que mi tío... garantiza.
Balbuceaba, temeroso que le oyeran.
—¿Su tío?—exclamó don Raimundo con desdén,—ya lo veremos para junio; entretanto, abur, joven, que no estoy para perder tiempo.
Igual cosa aconteció, cuando Jacintito trató de echar mano de sus faldones, como ahogado que se agarra a un cable. El solo nombre de Esteven, produjo en el prestamista desgraciado efecto; no, no tenía dinero disponible, y mucho lo sentía: más tarde, después, quizá...
—Pero, amigo Portas—dijo Jacintito furioso,—yo no le debo a usted nada. ¿Duda usted que he de pagarle? Con el interés que quiera, déme usted cincuenta mil pesos, a treinta días.
—¡Diez centavos que me pidiera, no se los daría a usted!
Y se largó. ¡Chúpate esa!
Pero lo gordo, lo grave, lo extraordinario que en aquel fatal fin de mes ocurrió al asendereado chico, fué el rompimiento con su socio, míster Robert. Rechazado por su padre, desoído por el usurero, entró en el escritorio, dispuesto a sacar de la caja los cincuenta mil pesos que necesitaba, si los había, o a girar contra la casa, si no los había. No contaba con la huéspeda, es decir, con el inglés, quien, saliendo de su habitual pachorra, al averiguar los malos designios que se traía el socio, allí mismo le dijo cuántas son cinco, y armó el gran escándalo. Con los libros a la vista, expuso el verdadero estado de la casa: deudas que no podían pagarse y créditos que no se cobrarían nunca: la caja vacía, y en el Banco escaso depósito para hacer frente a las necesidades más apremiantes.
—¿Y quién tiene la culpa de todo esto?—exclamó Jacinto;—usted es el que lo maneja todo, el que hace y deshace, el administrador y el tesorero de la casa. No me dirá usted que soy yo el responsable de semejante ruina.