Inútil paréceme decir que Rocchio, el molido y sin ventura, era de éstos; deslumbrado por el sello oficial que se atribuía a todas las operaciones de Esteven, se había metido con él en un negocio que prometía el oro y el moro, y más todavía: ciegamente, las manos atadas.

—Cuando se tiene la influencia de don Bernardino—decía,—y se manda en los Bancos y en los Ministerios, como él, porque allí donde don Bernardino dice negro, negro se hace, y donde blanco, blanco... pues, con la influencia de semejante hombre por delante, no hay nada que temer.

Que el negocio se malogra, porque sí, pues también puede suceder, y queda uno en descubierto y en situación poco airosa:

—A ver, una cartita de recomendación o una simple tarjeta, es más sencillo, al director A. o B.; que le den lo que necesite, de orden superior. Y cátate el dinero en la mano, sin más garantía que la sagrada orden superior; en cuanto al Banco, que espere el reintegro, y si se cansa, que se siente. Que sale bien el negocio, y casi siempre sale bien... pues al bolsillo, una vez deducidas las ganancias. Con un piloto como don Bernardino, se puede navegar confiadamente.

Ahora bien: en medio de todas las amarguras porque estaba pasando, la bola aquella de la renuncia de Eneene le dió escalofríos; sí, señor; sería muy bueno para el país la salida de aquel hombre funesto del Gabinete, pero... (aquí Rocchio se hacía egoísta) con él se venía abajo Esteven, y el negocio magno se evaporaba. ¡Qué ocurrencias tienen estos políticos! ¿No había por ahí alguna buena alma que fuera donde ese mal aconsejado doctor y le dijera que guardara su renuncia para más tarde, porque cuando la Bolsa liquida no es conveniente tocar a rebato? Tiempo no le faltaría para retirarse a la vida privada, tan tranquilo. ¿Qué había de suceder, pues, cuando llegó a oídos del desgraciado corredor, que el propio don Bernardino Esteven acababa de dar la soberbia costalada que decían? Se revolvió como una fiera, levantando la maza de sus puños, dispuesto a triturar, cual una nuez, entre sus dedos, la maligna noticia.

—¿Quién habla aquí de la quiebra de Esteven?—exclamó comiéndose con los ojos al concurso.—Calumnias, mentiras, estratagemas infames de los alcistas. El juego es tan conocido, que da risa.

Uno preguntó:

—¿Dónde está Esteven?

La verdad era que a don Bernardino no se le había visto todavía; ¿por qué desertaba el puesto en el día de la lucha? Rocchio tragó saliva y se calló; he aquí una pregunta, que a él no se le ocurriera: ¿dónde estaba Esteven?

—Ya vendrá—dijo dándose a sí mismo confianza,—ya vendrá a confundir a sus detractores.