Pero esta afirmación suya no le bastaba; se fué en busca de don Raimundo y le pidió su opinión sobre lo que se decía, ansioso de saber la verdad y temeroso, al mismo tiempo, de saberla. Era lo único que daba el portugués, al contado y sin usura: noticias.
—No crea usted ni una jota de la renuncia de Eneene—contestó;—acabo de verle en su despacho y me ha dicho que no soltará a tres tirones la cartera, ni a cuatro; que él tiene la confianza del Presidente, y con esto le basta. Son maniobras de los bajistas, pero ya ve usted que pierden su tiempo: el oro no ha hecho mayor caso y continúa su ascensión.
—Razón tenía yo en ponerlo en duda, porque conozco al ministro como a mis manos; pero, ¿qué me dice usted de la quiebra de Esteven? ¿Es creíble? ¿Es verosímil?
Don Raimundo guardó un rato la respuesta. Sin mostrar del Cristo, sino lo que él quería dejar ver, contestó:
—¿Esteven? No le diré a usted que no esté comprometido, muy comprometido: era el principal tenedor de vitalicias, ¡calcule usted! Pero quebrado, no, no... al menos a mí me parece.
—Pues claro—saltó el coloso dando una palmada, que sonó como un estampido,—eso digo yo; para que quiebre don Bernardino, es preciso que la Casa Rosada se derrumbe; ¡un situacionista de su importancia! tendría que ver...
—Sin embargo—concluyó el prestamista,—sería bueno que se apartara usted a un lado, ¿me entiende usted? Cuando se presiente un terremoto, hay que huir de los grandes edificios, así como en los días de tormenta no debe guarecerse uno bajo los grandes árboles; son los puntos más expuestos, señor Rocchio, ¿estamos?
Al italiano se le secó la garganta otra vez; don Raimundo movía la nariz, con una expresión tan singular en su grotesca fisonomía, que no se sabía si hablaba de burlas o de veras.
—Eso quiere decir...—dijo Rocchio resoplando como un ballenato.
—Lo que usted quiera, señor Rocchio.