Y le dió el golpe de gracia, con esta preguntita intencionada:

—¿No siente usted hoy olor a pólvora?

—A chamusquina—contestó el otro,—y juraría que soy yo el que arde, como costal de paja.

Cuando volvió a la pizarra, el oro estaba a 347 y el tumulto era tan grande, que aquello parecía una sucursal del infierno. El joven pálido, encaramado sobre una silla, gritaba como un poseído:

—¡Ladrones, ladrones, ladrones!

Se le hacía coro con carcajadas, bastonazos y gritos. Del lado del pasillo, ocupado siempre por Jacinto y sus amigos, se oían, como redobles de tambor, los mueras a Schlingen. Acercóse al orador el anciano aquel respetable y quiso calmarle.

—Por Dios, ¡mi amigo! basta de palabras gruesas; ya se ha desahogado usted bastante. ¡Un poquito de tranquilidad!

—¡Ladrones!—repitió el joven arrojando su sombrero contra la pizarra.

Le acometió, de pronto, un mareo y cayó de la silla, presa de un ataque de epilepsia; revolcábase en el suelo, echando espumarajos, dando alaridos, braceando y pataleando. Rodeáronle y quisieron llevársele, pero no fué posible, y hubo que esperar a que la terrible crisis pasara; más calmado, derramó abundantes lágrimas.

—¡Mi mujer, mis hijos!—exclamó extraviado;—¿hay alguien que pueda darme ochenta mil nacionales? ¡Una limosna, por Dios!