La noticia de que era portador cayó en el vacío; la escopeta de don Bernardino marró el tiro lastimosamente. ¡A buen puerto iba con sus historias de empréstitos, sabidas de memoria y olvidadas de puro sabidas! Que se hacía el empréstito; perfectamente, ¿y qué? ¿quién beneficiaba de él? ¿el país? ¿el comercio? ¡Quite usted allá, señor don Bernardino! Muchos se encogían de hombros. Y el oro, desconfiado como ninguno, asentado con firmeza sobre el 348, no se movía, imperturbable; apostrofábanle los bajistas, le hostigaban los alcistas, y él, quieto, cansado, sin duda, de su ascensión violenta, esperando nuevas fuerzas para seguir su vuelo de águila. Esteven, entretanto, se irritaba. El creía que la salvación de todos estaba en el empréstito; es una deuda que se contrae para pagar otras deudas, es pedir al vecino de enfrente, lo que se debe al vecino del lado; pero lo principal, lo esencialísimo es tener dinero, venga de donde viniere. Se alborotaba con esto. Le parecía verse ya, en compañía del ilustre Eneene, hundiendo las pecadores manos en las arcas recién llegadas, acariciar las flamantes monedas y atiborrarse de ellas los bolsillos, glotonamente. Su cara reflejaba la concupiscencia en que ardía; sus ojos se cerraban, para mantener por más tiempo la deslumbradora visión: un río de oro deslizándose con suave murmullo, y él, en la orilla, llenando sus cántaros, tan numerosos que no podían contarse.
Rocchio le vió venir y se le echó encima.
—¡Lucidos estamos, señor Esteven!—dijo sacudiendo su cabeza de león.—¿Qué le parece a usted?
Llevóle hasta la pizarra y le señaló la prodigiosa cifra, 348, como se muestra un cometa en el cielo.
—¿No lo ve usted bien?—repuso el italiano,—pues empínese sobre la punta de los pies, porque está muy alta, o eche usted mano de un telescopio; un simple anteojo no basta.
Los dos, pasmados, se callaron. De los ojos de don Bernardino huyó la dorada visión, y sintió los escalofríos de la realidad. Rocchio, que le tenía bajo su mano, no pensó en soltarle; deseaba averiguar muchas cosas, descifrar la charada de don Raimundo. Lo primero que hizo fué preguntarle por el negocio magno concertado entre ambos. Y entonces Esteven habló muy bajo, con misterio, como si tratara de un crimen y temiera verse descubierto.
—Mal, mi amigo; ¡buenos están los tiempos! Todo lo que he conseguido, es que la propuesta sea incluída en las sesiones de prórroga.
—Pero entonces el diputado aquel...
—Se ha dado vuelta en el último momento.
—Haber doblado la propina, haberla triplicado—exclamó Rocchio con impaciencia.