—Inútil habría sido; usted cree que todo es soplar y hacer botellas. No hay que apresurarse. ¿Quiere usted que, por precipitarnos, venga un diario de la oposición, nos descubra el gazapo y salgamos todos a danzar? No hay necesidad de exponerse tan a lo tonto; mi amigo el doctor Eneene está de por medio, ya lo sabe usted, y él ha de hacer fuerza de vela para sacar el negocio adelante.
—Lo que hay es que yo contaba con mi parte de la garantía, para hacer frente a mis compromisos de fin de mes...
—¿Qué hacerle, amigo Rocchio? Aguantar la mecha, como todos.
Esto de aguantar la mecha, no le sabía a mieles, sin duda, al alicaído corredor; pensaba que si don Bernardino había venido a la Bolsa, era porque ni estaba quebrado, ni temía hacer frente a los díceres malévolos del vulgo, y si esto era así, como parecía, felizmente, no sería él tan simple de no largarle lo que tenía en la punta de la lengua. Y así lo hizo, sin ceremonia. Cuando don Bernardino escuchó aquello de Jacintito y de los cincuenta mil nacionales entrampados, se enfadó, muy lastimado de que fueran a cobrarle cuentas de su hijo, joven mayor de edad, socio de una respetable casa de comercio, que marchaba sin andadores, porque no le hacían falta.
—Que se le quite a usted eso de la cabeza, señor Rocchio; los negocios de mi hijo no son de mi incumbencia; Jacinto no necesita de la bolsa de su padre para sostener su crédito. El le pagará a usted... cuando le sea posible. Con estos terremotos, ¿quién no tambalea?
Decididamente, Rocchio no estaba de vena; al escuchar a don Bernardino, intenciones tuvo de hacer con él lo que con aquel político de marras, a quien sirvió tan singular desayuno en la misma mañana.
—Si le pego—pensó,—nuestro gran negocio se quedará en nada y yo saldré perdiendo. ¡Paciencia!
Los dedos le bailaban, sin embargo, tal era su coraje; con tanta embestida como había sufrido, su escuálido bolsillo debía estar hecho jirones.
—¡Ah, camastrón! ¿esas tenemos? ¡pues en guardia! No he de perderte de vista; el amigo Portas, que es un lince, sabe lo que se dice. No hay que fiarse de estos fantasmones. Sigamos el consejo: apartémonos, pero, ¡alerta!
Tan decidido que estaba, hacía poco, a defenderle, y ahora de buena gana le hubiera mordido. ¡Sacramento! Una oleada les separó y Esteven desapareció en el torbellino, siempre sonriendo, como hombre satisfecho de sí mismo y de los demás. O era un gran farsante o, efectivamente, la quiebra de Schlingen no le había tocado sino de refilón.