Y no eran los celos, la sola piedra de escándalo entre marido y mujer. Cuando se hablaba de los Vargas, el vocabulario de injurias se agotaba; entonces el escándalo se producía, no porque ambos disputaran, sino porque se ponían de acuerdo, para arrojar sobre los tristes desposeídos toda la inmundicia que quedaba en sus espuertas. Tengo para mí que si Susana fijó sus hermosos ojos en su primo, fué de tanto oír echar pestes contra ese perdido, ese pillo, ese indecente de Quilito. ¿Qué había hecho el infeliz? Susana no lo sabía; nunca consiguió saberlo. Su bondadoso corazón sufría de verle tratar así, y de escuchar todas las picardías que la madre y el padre, rencorosos, decían de la tía Casilda y del tío Pablo Aquiles. Ella no les conocía sino de vista, y hubiera deseado conocerles de cerca, tratarles, para juzgar si eran verdaderamente tan perversos. Quilito se le había figurado muy feo y muy tipo, porque misia Gregoria no hablaba de él sino para motejarle de renacuajo, y cuando le vió en Palermo, al lado de Jacinto, después de muchísimo tiempo que no le veía, con su carita de querubín, blanco y rubio, muy derecho, muy bien vestido, parecióle un hijo de lord, y contestó afectuosamente a su saludo. Al segundo encuentro, siempre en la avenida de las Palmeras, halló al renacuajo más simpático y distinguido; le miró con interés y se dijo que el primo debía valer un poquito más de lo que en su casa decían. Y Jacinto, aturdidamente, la dió detalles que ella no conocía:

—Te digo que es un excelente muchacho, el sostén de su padre y de la tía, y trabajador; estudia Derecho. Toda su ambición es hacerse rico; ya le verás figurar, porque muchacho más despejado no he visto. Lo que hay es que los viejos no le quieren, pero no se debe ser injusto.

—¡Pobre Quilito!—decía la niña compadecida.

Cuando le trató, más tarde, este sentimiento instintivo de compasión, se convirtió fácilmente en simpatía; fué en un baile, en casa del ministro Eneene. Susana, contrariadísima, porque no gustaba de fiestas, había consentido en acompañar a su madre, de real orden, como ella decía riendo.

—No, hija mía—había dicho misia Gregoria,—es preciso que empieces a ir a sociedad, que te vean, que te admiren; esto de encerrarse en casa se queda para las feas. Además, yo no quiero que te me vayas a hacer monja o beata, y con la encerrona y ese carácter de ángel que Dios te ha dado, vendrías a parar en eso. Felizmente, hasta ahora, no te ha dado por ahí, pero puede darte, y entonces, ¿qué sería de tu madrecita? ¡Conque, al baile y a pescar novio!

Otras exhortaciones, de buen fondo, pero disparatada forma le hacía, comiéndosela a besos. Susana, sonriendo, dijo que iría al baile y pescaría novio, si podía.

Entró en el salón y lo primero que vió fué a su primo, mariposeando ufano.

—Me alegro—pensó Susana,—así vendrá a sacarme y no plancharé; no hay cosa peor que venir por primera vez a un baile y no tener conocidos.

Quilito, tan pronto como pudo acercarse, vino a saludarla, y sin mediar presentación siquiera, charlaron como antiguos amigos. ¿No sabían, acaso, que eran primos y que él se llamaba Quilito y ella Susana? Charlaron de muchas cosas: él, de sus estudios, de sus esperanzas; ella, de sus distracciones, pero ni uno ni otro se atrevió a rozar, aun incidentalmente, el tema escabroso de la familia. Los ojos de Quilito decían:

—¡Qué bonita es! ¿Por qué hemos de estar a mal con ellos?