Y Susana parecía querer decir:
—Dile a la tía Casilda y al tío Pablo Aquiles de mi parte que les quiero mucho, mucho, mucho; ¿por qué ha de haber diferencias entre nosotros, si hemos simpatizado tanto?
Y sin hablar nada de esto, se comprendían en la mirada expresiva, en el acento cariñoso, en el gesto amable. No sé si existe, en otra parte que en las comedias, aquello de las corazonadas o del flechazo amoroso, repentino e irremediable, pero lo cierto es que este diálogo, en medio de las luces y de las flores del salón, bastó para que los dos primos se entendieran, y en el apretón de manos con que pusieron punto final a la entrevista, se dijeran muchas cosas, que los labios no habían osado proferir. Verdad es que el chico era insinuante, y tenía una labia y una gracia, que hubiera sido para él empresa fácil la conquista de su linda prima, aunque viniera armada de prevenciones. Y mientras en Quilito nacía una idea egoísta de este encuentro, la del amor compartido, en el generoso corazón de Susana se despertaba un propósito digno de ella:
—O he de poder yo muy poco—se dijo,—o conseguiré la reconciliación de las dos familias; resistencias y obstáculos no han de faltar, pero Quilito y yo, aliados, las venceremos.
La tenacidad de estas resistencias, que preveía, pudo apreciarla al siguiente día, cuando misia Gregoria, contra su costumbre, la habló acremente de aquella larga conversación, que olía a temporada, con el renacuajo. ¿A qué tanto palique? ¿qué le había dicho? Si él se hizo el pegajoso, como mal educado que era, haberle plantado. En cambio, pasó la mayor parte de la noche perdiendo el tiempo con el insignificante de su primo, y no atendió a jóvenes de mérito que la solicitaban. ¡Vamos! ¿y para eso fué al baile? Irritadísima, viendo cosas que ella sola se forjaba, lanzó esta frase cruel:
—El convento, ¿me oyes? ¡el convento antes!
Susana lloró, y costóle mucho trabajo convencer a la madre, que la conversación había sido de lo más soso e inocente del mundo.
—Lo creo, porque tú me lo dices—dijo la señora,—tú no mientes nunca... pero, yo me entiendo. No hablemos más de esto; ven a darme un beso.
Desconfiada, sin embargo, porque la idea de que su prodigio, su ídolo, fuera a caer en la cueva hedionda de los Vargas la horrorizaba, no quiso llevarla más a bailes, pero esta determinación, fácil de realizar dada la docilidad de la niña, parecióle muy poco, y día a día, ella y don Bernardino, renovaban sus catilinarias contra la odiada familia. Todo, según ellos, no había sido sino una trama urdida por la Casilda, que era una intriganta desvergonzada, para ver de meter al muchacho en la casa y luego colarse ellos; pero la habían descubierto el juego y ya estaba aviada, la muy tal, etc., etc.
—Como yo la encuentre—decía misia Gregoria,—le zampo una buena fresca, y si me apura mucho, le pongo las manos en la cara.