Esteven dijo que iría al Ministerio y haría que Eneene destituyera a don Pablo Aquiles.

—¡Eso, eso—exclamó la señora,—que les corten los víveres y que vayan a pedir limosna!

Pasado el chubasco, Susana consiguió aplacar los ánimos y obtuvo la promesa de que nada se intentaría contra la desgraciada familia.

—Si yo les juro que Quilito... digo, ese joven, no me ha dicho nada de particular; además, no volveré a hablarle.

—Bueno, ya se acabó—dijo don Bernardino;—venga acá mi Nanita querida a abrazar a su papaíto.

Susana no renunció, sin embargo, a su idea de reconciliación; ya les catequizaría poco a poco. ¿De qué había de servirle, entonces, la grande influencia que ejercía sobre sus padres? Lo malo era que, si en todo lo demás se hacía lo que la santita de la casa quería que se hiciese, en lo tocante al asunto de los Vargas no había acuerdo posible; al solo nombre pronunciado, los odios dormidos se alzaban, como víboras a las que se pisa la cola.

Entretanto, pasaron los días. Susana y Quilito se veían en Palermo, cambiaban una mirada y una sonrisa al cruzar rápido de ambos carruajes, recatadamente, a causa del Argos de la madre o de Angelita, que las cazaba al vuelo, y como era tan chismosilla y enredista, había que cuidarse de ella; luego, en el teatro, algunas veces, muy pocas, porque misia Gregoria, contrariamente a lo que antes predicaba en punto a encerronas, decía ahora que las niñas bien educadas no deben andar de ceca en meca, mostrándose con descaro en todos los sitios, como mercancía puesta a la venta. Se veían, pues, pero no podían hablarse.

La primera carta que trajo Agapo del audaz chiquillo, no quiso Susana recibirla; encendida de rubor, dijo que no era decoroso que una señorita se carteara con ningún hombre, aunque éste fuera su primo. Pero Agapo insistió. ¿Qué mal había en ello? ¿acaso iba a mancharse los dedos y a condenarse a infierno perpetuo por recibir la cartita del primo y dejarse querer? ¡Porque Quilito la quería, la adoraba! ¿y no era lógico esto, que se adorase a una santita como ella? Ahí están las santas de los altares: pues, bien, ¿se incomodan o ruborizan porque los hombres, de rodillas, las prestan el homenaje de su adoración? Y las oraciones, ¿qué otra cosa son que cartas pedigüeñas, solicitudes de recomendación, entre el pecador contrito y el intermediario de Dios? ¿Se ha visto, hasta ahora, a una santa que se estime, rechazar una oración que se le presenta con toda política y humildad? Preguntárselo a Santa Rita, que era tan seriota, sin embargo, y a Santa Clara, tan punto y coma en todos sus deberes, y a la misma Magdalena, que de tanto andar en el mundo, estaba, ya curada de espantos. Pues lo que hacían estas venerandas señoras, probando así que su corazón de piedra o de simple pino latía aún por las miserias del prójimo, ¿por qué no había de hacerlo ella, que tenía un corazoncito de mantequilla, tan blando era y tan compasivo?

—¡Jesús, Agapo! mira que hablas desatinos—decía riendo Susana, sin darse por vencida.

El otro volvía a la carga. No, lo que es él no había de irse como vino, ¿qué iba a decir el pobre Quilito? Nunca lo creyera que Susana, tan buena, alimentara la misma inquina de sus padres contra los Vargas.