—¡Oh! no—exclamó la niña,—¡yo no, al contrario!

Entonces, ¿por qué se resistía? ¡quién sabe si aquella carta no era el primer paso dado en el camino de la reconciliación! Susana quedó suspensa. Bien podía ser, ¿por qué no? así, de lejos, sin estar al habla, nunca se haría nada de provecho; y si ella se había aliado a su primo, en el pensamiento, para llevar a cabo aquella empresa que, a sus ojos, aparecía tan noble y grande, estaba obligada a entenderse con él, de un modo o de otro, a fin de discutir y acordar los medios de realizarla. Es cierto que se hacía culpable del pecado de desobediencia, pero Dios sabía por qué lo hacía y había de perdonarla, en razón de sus buenas intenciones. Susana tomó la carta.

Lo que Quilito decía, ya se adivina. Fogoso e irreflexivo, pintaba a su prima un amor que ardía por los cuatro costados, en medio de un bosque enmarañado de metáforas, deprecaciones llorosas, exclamaciones desesperadas y llamados sentimentales a la Parca implacable cada dos párrafos, los cuales concluían todos con un punto de admiración, que daba el quién vive. Susana contestó en pedestre prosa, pasando como sobre ascuas, y había de qué, por lo que el primo declamaba, y hablando sólo de sus propósitos, nada de sí misma. Y así empezó una dulce correspondencia entre ambos, sostenida con juvenil ardor por parte de Quilito, y con tranquilo recato por parte de Susana, siempre sobre el mismo tema y en diapasón igual: Quilito, suspirando, llorando a veces, renegando otras, desesperado de su suerte y de su porvenir; Susana, predicando la concordia, la paz, la calma, en el sagrado nombre de Dios. Y si la empresa magna, la reconciliación deseada, no hizo muchos progresos, a causa de los obstáculos insuperables casi que la contrariaban, en esta comunión de su dos almas, el retoño de los Esteven quedó unido al de los Vargas por el lazo del amor, en nudo tan apretado, que no había ya quien pudiera desatarlo sobre la tierra.

Repasaba, pues, al piano Susana la sonata de Beethoven, en el saloncito de música, y pensaba en su empresa y en su primo. ¿Eran las tres, las cuatro, las cinco? No lo sabía; debía ser tarde, porque después del almuerzo, se puso a copiar unos documentos de don Bernardino con su letra clara y redonda, y esto le tomó mucho tiempo. Su madre, muy emperifollada, de capota rosa y abrigo de terciopelo, acababa de salir con Angelita, después de decir aquello sobre la música, que hizo sonreir a Susana... Sonaron dos golpecitos en la puerta del vestíbulo... La niña, ocupada, en el estudio de una cadencia, no oyó... La puerta se abrió y entró Agapo.

—¡Chist!—hizo,—no te asustes, Nanita, que soy yo.

—¡Qué susto me has dado!—exclamó Susana abandonando la banqueta,—¿por qué entras así, como un ladrón?

—¿Puedo yo entrar de otra manera en casa de mi señor hermano?—contestó el atorrante con amargura;—sé que no hay nadie, porque he estado espiando a la puerta y he visto salir a todos, menos a ti; hasta el mucamo ha salido: si me encuentra en la escalera, me echa; es la consigna que tiene del señor Esteven.

—No digas eso; siempre que hablas de papá, exageras de un modo...

—Bueno, lo que tú quieras; lo cierto es que nunca he pasado del vestíbulo, y hoy me dije: Aprovecharemos la ocasión y entraré a ver esos lujos tan mentados; de seguro que Nanita no me echará, de miedo que la ensucie sus bruselas.

Estaba tan rotoso, que daba lástima; por los agujeros del pantalón asomaba la carne de las piernas; no tenía chaleco, y la camisa, si camisa puede llamarse el retazo de lienzo color de chocolate que le cubría a medias el pecho, carecía de puños y de cuello o por lo menos, no se mostraban; la chaqueta estaba acribillada de manchas, y de los zapatos y el sombrero vale más no hablar. Con este avío, pues, y una cara y unas barbas que no probaban agua ni tenían noticias del peine hacía un siglo, se presentó Agapo en el saloncito de música. Tan facha estaba, que, en medio de las sedas y los dorados, parecía una mala copia del Menipo de Velásquez, sin la capa, dentro de un marco de precio.