Mientras Susana le miraba compasiva, el filósofo recorría la pieza, metiendo las narices, estirando el hocico, con movimientos de cabeza más de desdén que de asombro. A veces, tendía la mano para palpar un objeto, pero se contenía.

—No temas, Nanita—decía,—ya sé que esto se llama mírame y no me toques. Pero, ¿qué hacen ustedes con tanta chuchería, tanto muñeco, tanta silla dorada, que ni para sentarse sirve? Porque, ésta, por ejemplo, de raso o lo que sea, no aguanta el peso de una persona. ¡Qué farsantes son los ricos! Ya que les sobra el dinero, ¿por qué en vez de emplearlo en cosas inútiles y de puro aparato, no lo regalan a los pobres? ¿acaso para vivir, lo que se llama vivir, se necesita de estas faramallas? ¡Si aquí no se puede andar con libertad, entre tanta baratija! ¿sabes? Si me dieran esta pieza por cárcel, reventaba al tercer día, si es que pasaba el primero; aire, luz y espacio suficiente donde asentar estas patazas y donde recostarse con comodidad; y libertad para moverse, sin el temor de echar una mancha en el cortinaje, o de romper una silla, o de tirar una mesa, y con ella, perniquebrar a alguno de esos personajes de porcelana... ¡Uf! ¡aquí se ahoga el sursum corda! Eso sí, no vayas a creer, Nanita, que esto es lo primero que veo; muchos salones he visto, y mejores...

—Ya lo sé—dijo Susana risueña,—que te tratas con muchos high-lifes, y que comes en casas ricas; vamos a ver, ¿dónde has comido anoche?

—En casa del Presidente—contestó Agapo muy serio.

—¿Dónde?—volvió a preguntar la niña, muerta de risa.

—¡En casa del Presidente!

Y la noche antes en casa del ministro Eneene, muy mal, por cierto, porque el doctor tenía gustos criollos bastante rancios y estaba a diario con puchero de cadera y asado de costilla, y alguna vez, de extraordinario, ponían ropa vieja, y gracias. ¿De qué se asombraba? ¡Cuántos, que no le llegarían a él a la sucia del zapato, trincaban con esos personajes! Por supuesto, él no se dignaba sentarse a la mesa: abajo, en la portería, recibía su buena ración y se iba tan contento.

—Y hoy, ¿dónde has almorzado?—preguntó Susana con timidez.

—¡Ah! ¡Nanita, qué picarona! ¿De modo que las santas se permiten también ser maliciosas? Pues hoy almorcé... allá.

—¿Dónde... allá?