—Pues, en casa de la tía Silda.

—¡Ah!—hizo Susana.

¡Qué enferma había estado la tía Silda! Tres días de cama, con dolores en el costado, y fiebre, y médico yendo y viniendo.

—¡Dios mío! ¿Sigue enferma la tía?—preguntó con sobresalto la joven.

—Ya está levantada, pero... casi no cuenta el cuento. Juraría, Nanita, que allí hay algo.

—¡Algo! a ver, Agapo, cuéntame.

Se acercó al atorrante, ansiosa, sin disimular el deseo de tener noticias de la otra casa: estaban solos, y bien podía pronunciarse el nombre maldito de los Vargas, sin temor alguno.

—Pero, ¿qué he de contarte?—exclamó Agapo,—no sé nada, cosas que yo me imagino. Verás: hoy entro, y me encuentro a misia Casilda con los ojos como tomates, ¿qué quiere decir, Cristo? En el patio me tropecé a don Pablo Aquiles; siendo él tan político siempre, no me saludó ni dijo palabra, ¿entiendes? Arriba, Quilito, encerrado, sin querer abrir la puerta; cuando oyó mi voz, me mandó con Pampa esta carta, que ahora te daré, y para eso, la echó por la ventana. Bueno, pues todo esto, pienso yo que tiene busilis, y el busilis es la Bolsa.

—¿La Bolsa?

—Como todo el mundo ha perdido en la Bolsa este mes, nada habría de extraño que Quilito diera su tropezón también... Te digo que algo ha ocurrido allí.