—¡Jesús! No se oye sino hablar de la Bolsa, en todas partes... Hoy, en casa, no sé qué he oído de esto, pero ha habido su disgusto, porque mamá ha llorado... y el otro día, cuando esos tumultos de la Bolsa, papá vino enfermo, derechito a meterse en cama.
—Si te digo que va a ser preciso un escarmiento; hasta que el pueblo no eche al ajo a este Gobierno y no prenda fuego a la Bolsa, no vamos a quedar tranquilos.
—Ya empiezas, Agapo, con tu dinamita y tus cataclismos... no me gusta oírte así.
—¿Y si no hay más remedio?
—Para todo lo hay, con la ayuda de Dios; ya se arreglarán las cosas, poco a poco. Ahora, dame esa carta.
El atorrante metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó la carta.
—Y para el tío Agapo, para el pobrecito tío, ¿no hay nada hoy?—dijo presentándola, con el aire de un niño que pide un juguete.
Susana guardó la carta, pues no quiso abrirla delante del curioso filósofo, y contestó jovialmente que sí, que había muchas cosas para el tío: un buen sobretodo largo, un par de pantalones, tres camisas, zapatos, calcetines... Era una vergüenza que fuera con esa facha a comer a casa del Presidente; la misma tía Silda, ¿qué diría?... ¿Dinero? No, señor, para que saliera a bebérselo en la primera esquina.
—Nanita, me ofendes con eso—replicó Agapo;—hace mucho tiempo que no tomo... desde aquella promesa que te hice. En cuanto a mi traje, no encontrarás un uniforme más apropiado para estos tiempos de crisis; ya se verán obligados a vestirlo muchos de los ricachos a la minuta, que se zarandean por ahí. Además, no estoy tan mal como dices.
Se miraba al espejo, adoptando posturas de academia. Y mientras él hacía cucamonas a su propia figura, Susana fué adentro y trajo un gran paquete.