—Aquí tienes el sobretodo, los pantalones, las camisas... todo en muy buen uso. Esto es de papá, esto de Jacinto.
—Se me ocurre una cosa, Nanita.
—¿Qué?
—Que mañana, quizá, tu padre y tu hermano necesiten de estas prendas, que ahora tiran... porque yo he oído que sus negocios andan así, así... te juro que no lo sentiría sino por ti, que eres un pedacito de gloria; en cuanto a ellos, bien merecido lo tendrán; ese día me visto de colorado y canto el himno nacional en la calle Florida.
—¡Qué malo eres, Agapo!—dijo Susana disgustada;—¡siempre con tanto rencor contra papá! Si la culpa es tuya, que nunca has querido trabajar y has sido toda tu vida un vicioso, un haragán. De la misma manera que papá ha colocado a tanto tipo que no conoce, ¿por qué no había de darte un empleíto?
—¿Un empleo? ¡a mí! Mira, hija, mejor es no tocar este asunto, porque me sublevo, y me alboroto y sería capaz de hacer una barbaridad o decir un desatino; todo lo que puedo decirte es que mi señor hermano es una buena pieza, un peine muy fino, que no merece tener por hija esta santa Susana, que yo conozco, quiero y admiro.
Muy nervioso, empaquetaba la ropa, dispuesto a marcharse ya.
—Espera, hombre, que vas a romper el papel; trae acá, yo te prepararé el paquete.
Lo envolvió todo muy bien, aseguró el lío con un cordón, y se lo entregó.
—Pero no te vayas todavía; no tengas cuidado, que nadie vendrá. Háblame, antes, de la tía Silda, ¿qué te ha dicho? ¿qué te dió de almorzar?