—¡Bernardino! ¡Bernardino!
Esteven abrió los ojos y vió sobre sí la mole inmensa de su mujer.
—¿Qué hay? Retírate, que me sofocas.
—Si es lo que yo quiero, ahogarte, sofocarte, por mal marido, por pillastrón. ¿Quién es ese hombre? ¿quién es esa rubia? ¡Di, contesta, grandísimo pícaro!
—Gregoria, no me tientes la paciencia...
—¿Quién es? Di, vamos a ver.
—Gregoria, no me tires de la lengua.
Y lo creo que tiraría de ella y se la arrancaría con mucho gusto; ¡qué hombres estos! tienen una mujer buena, que les quiere, que les mima, que les cuida cuando están enfermos, y el pago que la dan es engañarla, traicionarla, burlarla, con esas mujeres de la calle, que así son ellas.
—Gregoria, me atormentas la cabeza, ¡por favor!
Pero la señora ya se había disparado. Armó una de gritos y amenazas, que Esteven, aturdido, metió la cabeza bajo las mantas.