—Sí, tápate los oídos, que me has de oír.
Sulfurado, por fin, el marido la llamó vieja por tres veces, como quien tira una piedra a un perro que ladra; y esto no hizo sino aumentar la exasperación de misia Gregoria. Sí, que la insultara ahora; no faltaba más, sino que la levantara la mano... eso es. ¡Pero, señor! cuando a uno se le acusa de algo, y es inocente, se defiende y presenta razones y excusas, pero no se queda ahí callado, abriendo tan sólo la boca para decir una desvergüenza. Ella necesitaba una explicación, que se la dijera qué significaban los misterios de estos días, el conciliábulo reciente...
—¡Dime quién es ese hombre! ¡quién es esa rubia!—chilló de nuevo acercándose a la cama.
—Pero, ¡qué rubia ni qué berenjenas!—exclamó don Bernardino dando un golpe al gorro, que acabó de ladearle;—¿quieres oírme? siéntate, y calla, que tengo muchas cosas graves que decirte.
Pasmóse, con esto, misia Gregoria.
—¡Ay, Bernardino, por Dios! Si vas a confesarme la verdad, no me la digas, no; prefiero quedarme con la sospecha.
Enronquecida y sin fuerzas, dejóse caer en el sillón más próximo, que crujió bajo el enorme peso; temía ahora tanto de que Esteven hablara, como antes deseaba que rompiera el sospechoso silencio. Don Bernardino preguntó:
—¿Sabes quién es el hombre que acaba de salir de aquí?
—Como no me lo digas...
—Pues, es míster Robert.