4.—Llama, en primer lugar, la atención del historiador el culto de los cuerpos celestes (Astrolatría), tan universal y frecuente que se ha llegado á sostener que las religiones Americanas fueron siempre y principalmente astrolátricas. Lo fueron por lo menos las de las tribus más adelantadas. Los Aztecas, Chibchas, Natchez, etc., adoraban al sol como padre y origen de toda alegría, fecundidad y existencia. Los Incas relacionaron los cultos del sol, la luna y las estrellas con la aparición de sus héroes míticos, y en casi todas las tribus la consolidación de tales cultos, dulcificó paulatinamente los sacrificios y afirmó el sacerdocio y el templo.
Fig. 174.—Propiciando los espíritus del torrente.
Los elementos.
5.—Sigue en importancia al culto de los astros, el de los elementos. Para los Chibchas, era sagrada el agua de los ríos y lagos; los Peruanos de la costa temían al mar Pacífico, como divinidad suprema. "Tlaloc", el Dios de la lluvia, ocupaba lugar conspicuo en el panteón de los Aztecas, que como los Moxos de Bolivia se decían á sí mismos "hijos de las aguas".
El fuego era sagrado en casi todas las tribus. Entre los Incas, su culto relacionado con el del Sol, era objeto de especiales ceremonias. Para los Mejicanos el "Xiuhteculli" (Dios del fuego) era divinidad temible[275].
Los _vientos_ de los cuatro rumbos ó cuarteles en que se creía dividida la tierra, inspiraron también al Indio peculiar reverencia. Los Aztecas adoraban al huracanado del Sur; los Iroqueses, á los del Norte, Sur, Este y Oeste. Como el Eolo Virgiliano, el "Sillam Unna" de los Esquimales, regía la "mansión ó caverna de los vientos" (Sillan-Eipane). En América Central, el pájaro "Voc", de simbolismo análogo al del águila de Zeus, era mensajero del "Huracán", ó dios de las tempestades, y otro tanto sucedía en América del Norte, donde el maravilloso "pájaro del trueno" (thunder-bird) se veneraba como encarnación del gran "Manitou"[276].
Fig. 175.—Altar Walpi.
La maternidad de la tierra se tuvo por artículo de fé en casi toda América. El Indio concebía la tierra animada y amable, y ya fuese bajo la forma del "Tonantzi" Azteca, ó del "Mama-cocha" Incásico, la veneraba con filial acatamiento. Creían los Chibchas, por ejemplo, que se irritaba con el continuo pasar de animales y hombres, ó sufría cuando se clavaban en ella estacas ó postes para sostener las viviendas[277].