Fig. 190.—Un Shaman.
Si no observamos tales cultos más que en sus aspectos brutales y lúgubres, si atendemos únicamente á los repugnantes cuadros de la antropofagia ritual, de la magia negra, de las ceremonias licenciosas y los sacrificios cruentos, claro es que también nosotros debemos condenarlos; pero si procuramos separar en ellos lo religioso de lo mágico, lo espiritual y perfectible de lo material y disolvente; si recordamos, por ejemplo, los mitos de Quetzaltcoatl, Bochica, Viracocha, etc., semi-dioses, augustos blancos, puros, piadosos, sabios en sus consejos, amantes de la paz, de la música, de las flores, de los colores brillantes y adversos á todo rito sangriento[299], no es posible desconocer la civilizadora influencia ejercida en América por tales modelos divinos, ni negar que estos ideales del Indio, símbolos de sus inconscientes aspiraciones hacia la Verdad, la Justicia y la Belleza, elevaron el nivel moral de ciertos grupos y suavizaron sus costumbres bárbaras.
Fig. 191.—Recitando ensalmos medicinales.
Si leemos, además, algunas de las plegarias indígenas, las desgarradoras de los Algonquinos[300], las filosóficas de Nezahuatlcoyotl y, sobre todo, los inspirados himnos Quechuas al Viracocha[301], no podemos menos de encontrar en ellas una clara vislumbre de lo mejor y lo más alto, una mística sospecha de la hermosura del dolor y el sacrificio, un destello fulgente de la Verdad inmarcesible y Eterna.
Fig. 192.—Sacerdotes en procesión (Pueblos).
Por otra parte, las tentativas más ambiciosas del arte indígena, las pirámides de Cholula ó los templos Incásicos, fueron producto del fervor religioso, y su construcción apartó á las multitudes de la senda de la guerra y favoreció la vida sedentaria. Los jeroglíficos, calendarios y, en general, toda la rudimentaria ciencia y literatura indígenas nacieron á la sombra del templo. El tráfico de amuletos, talismanes, etc., y las peregrinaciones á determinados lugares sagrados suavizaron las relaciones inter-tribales.
El templo de Cozumel, por ejemplo, era visitado anualmente por multitud de fieles; en las aldeas Muiscas había caminos especiales y trillados, que seguían las numerosas peregrinaciones al templo del lago Guatavita. A los altares de Pachacamac, Rimac, etc., venían peregrinos de 300 leguas á la redonda, y en todos los caminos había sitios especiales para hospedarlos[302].
En presencia, pues, de estos hechos y de otros mil que podrían citarse, debemos abstenernos de condenar, sin distingos y en nombre de la civilización, todos los complicadísimos aspectos de la religiosidad indígena, y estudiarlos sin apasionamiento ni prejuicios, si queremos alcanzar ideas claras sobre la vida psíquica del Indio Americano y esclarecer el enigma histórico de sus tristes destinos[303].