Esta preponderancia política de los sacerdotes, su afán de ostentación en las ceremonias, su prurito de conservar entre unos pocos iniciados el secreto de sus pretendidos poderes míticos (escritura jeroglífica, calendarios, etc.) y su natural deseo de aumentar el tamaño y bárbara suntuosidad de los teo-callis y demás lugares sagrados, influyeron decisivamente en la evolución cultural de las tribus de Méjico y Centro de América[401].
Conclusiones generales.
22.—El sucinto bosquejo que dejamos apuntado de la llamada Civilización Mejicana esclarece un tanto las causas de su rápida decadencia. La falta de unidad nacional en las tribus Confederadas, el odio contenido de los tributarios á sus implacables tiranos y la envidiosa y constante enemiga de los calpullis mismos entre sí, producían un estado público de continua inquietud y desconfianza.
Si á esto se agregan los degradantes vicios que corrroían aquellas colmenas humanas, sus terrores religiosos y sus hechicerías nefandas, no puede extrañarnos que sobre aquellos enormes falansterios, mezcla extraña de cultura y salvajismo, flotara una especie de anatema misterioso, de profecía trágica y terrible, de destino fatal y sangriento[402].
Vivía, en efecto, el indio Mejicano entre mortificantes alarmas, pululaban los espías hasta en el interior de sus hogares comunales, amargaba sus días el miedo de lo desconocido, afligían sus noches quimeras horrendas. El vaso de su paz estaba lleno de rencores; el goce brutal y efímero de sus triunfos guerreros no podía calmar sus lacerantes angustias[403].
Los comunismos teocrático-militares de los Aztecas y de los Mayas habían edificado con sangre sus ciudades y asentado en iniquidad sus templos. No podían perdurar. Brillaron un punto en la historia con fulgores rojizos, y pasaron después "como el polvo que arrebata el viento en la era y como el humo de sus hogares".