No se ocuparon, pues, de cultivar la tierra, fértil en demasía. Se proveyeron, en cambio, de herramientas y víveres, y salieron en interminable procesión buscando las codiciadas minas, y creyendo que bastaba llegar á ellas para recoger las soñadas riquezas.

Fig. 399.—La Isla de Santo Domingo (siglo xvi).

Pero como las minas exigían rudo y penoso trabajo para producir algún oro, y no sabían explotarlas, pronto volvieron los españoles á Santo Domingo desengañados, hambrientos y llenos de deudas.

Cebáronse en ellos las enfermedades, al extremo de que en poco tiempo murieron más de mil, cifra elevadísima, si se considera que apenas había 2.800 en la isla.

Morían tan deprisa y en tales números, dice Las Casas, que "el clero no tenía tiempo de hacerles funerales"[553].

Los repartimientos y encomiendas.

2.—Se había ordenado á Ovando que tratara á los indios como hombres libres, abonándoles salario por su trabajo. Pronto se convenció de que el indio, indolente y ajeno á toda idea de salario ó propiedad privada, se negaba á trabajar huyendo de los españoles é imposibilitando, por tanto, su educación y conversión. En vista de ello, los reyes ordenaron á Ovando (Marzo, 1503) que repartiera los indios en aldeas, dándoles tierras inalienables, que les encomendara á un protector, que estableciera en cada una de dichas aldeas escuelas primarias para catequizarlos, prohibiéndoles sus antiguos ritos y ceremonias é impidiendo que fueran tiranizados por sus caciques. Se ordenó también por los reyes que favorecieran los enlaces matrimoniales de los colonos con las mujeres indígenas.

Para reducir á los indios al trabajo dictóse otro Real decreto (Diciembre, 1503) ordenando que se les compeliese y obligase á trabajar en la construcción de edificios, beneficiamiento de minas, etc., mediante los salarios que el gobernador fijara, debiendo proporcionar, al efecto, los jefes tribales un cierto número de individuos «como hombres libres y no como siervos».