Fig. 400.—El Adelantado D. Diego Velázquez.
En cumplimiento de estos decretos, Ovando encomendó á cada colono grupos de cincuenta ó de cien indios con sus respectivos jefes gentiles, haciendo también parcelas ó repartimientos especiales para el cultivo de las tierras del rey. Se acompañaba los repartimientos con cédulas especiales, en las que se encomendaban (A vos D. ... se os encomiendan) los grupos ó clanes indígenas á los españoles con el derecho de aprovechar de su trabajo y la obligación de instruirles en la doctrina cristiana.
Los trabajos en las minas de los así encomendados duraban seis ú ocho meses, y como las tales minas estaban distantes, al ausentarse los hombres caía sobre las mujeres todo el peso de la familia. Esta obligada separación, el terrible recargo de trabajo, los crueles tratos de los encomenderos, y la desesperación general, hicieron disminuir los nacimientos indígenas y aumentaron terriblemente el coeficiente de mortalidad[554].
Rápida disminución de los indios.
3.—La población indígena de La Española disminuyó rápidamente. Sufrieron los aborígenes americanos, como todos los primitivos, las desastrosas consecuencias de su contacto con una raza dominadora. Es una vulgaridad histórica, á todas luces errónea, el aceptar, sin examen crítico, las apasionadas diatribas de Fray Bartolomé de Las Casas y sus glosadores, contra los colonos y gobernantes de Santo Domingo, y declararles causantes únicos, por sus crueldades, de un fenómeno etnológico cien veces repetido en la historia moderna[555]. Los conquistadores españoles de los siglos xv y xvi no fueron ni más ni menos crueles que los de cualquier otra nación.
Fig. 401.—Autógrafo de Pánfilo de Narváez.
Cierto es que sus guerras con los indígenas fueron destructoras y cruelísimas; que las campañas del Higney son una página negra en la historia de aquellos impiadosos caudillos; que las matanzas encabezadas por Ovando en Jaragua, su pérfida conducta con Anacaona, el espantoso suplicio de aquellas tribus incendiadas, alanceadas y perseguidas como alimañas feroces, nos horrorizan hoy como horrorizaron entonces á Isabel la Católica y á su Presidente del Consejo de Indias D. Alvaro de Portugal, cuando de tales hechos tuvieron conocimiento. Cierto es también que muchos colonos sometieron á sus encomendados á inhumanos martirios y que los bergantines españoles arrancaron de Las Lucayas miles de indios para venderlos en los mercados públicos, martirizándolos, agobiándolos de fatiga y quemándolos á veces á fuego lento[556].
Fig. 402.—Autógrafo del cronista Oviedo.