Fig. 404.—Armas del Historiador Oviedo.

Estableció en seguida D. Diego de Colón una pequeña colonia en Cubagua, obligando á los indígenas de las Lucayas á bucear sin descanso para sacar las conchas de perlas que abundaban en la pequeña isla. Regularizó en Santo Domingo los repartimientos, y encomendó á sus parientes y comitiva los indios aún no destinados. Celoso, sin embargo, el rey Don Fernando de la influencia de D. Diego en la colonia, y deseoso de disminuirla, creó un nuevo empleo al que estaba anexo el derecho de repartimiento de indios, nombrando para desempeñarlo á Rodrigo de Alburquerque, que entró rapazmente en posesión de sus funciones (1514). Impaciente por hacer fortuna, sacó á subasta los indios que quedaban, adjudicándolos en grupos á los colonos que le ofrecieron mayor precio. Esta nueva forma de repartimiento agravó, naturalmente, la situación de los indígenas que se vieron sometidos por sus interesados dueños á trabajos más crueles y penosos[559].

Las Prédicas de Fray Antonio de Montesinos.

Fig. 405.—El Cardenal Jiménez de Cisneros.

6.—Los misioneros Dominicos de La Española no vieron nunca con indiferencia estos sufrimientos de los indios. Desde su llegada á Santo Domingo en 1510 juzgaron los repartimientos como contrarios al derecho natural y á la caridad cristiana y consideraron al indígena como sér de razón y libertad, capaz de sacramentos y derechos. En el año 1511, Fray Antonio de Montesinos predicó un impetuoso y elocuente sermón en la Iglesia de Santo Domingo condenando los abusos de los encomenderos. Sus superiores, á quienes se quejó D. Diego de Colón, aprobaron como piadosa la doctrina del predicador de su Orden. Los Franciscanos, uniéndose á los encomenderos, defendieron los repartimientos como mal menor y necesario. Se agrió la controversia llegando los Dominicos hasta á negar los sacramentos á algunos de sus compatriotas que tenían indios encomendados. Dirigiéronse ambos partidos al Rey Don Fernando, que reunió algunos jurisconsultos y teólogos para oir á los diputados de La Española. Decidióse en favor de los Dominicos la parte especulativa de la controversia, pero los repartimientos continuaron, pues el Rey Fernando, deseoso de complacer á los encomenderos, declaró autorizada por las leyes divinas y humanas la esclavitud de los indios, y otorgó, para que no tuviese dudas, nuevas encomiendas á sus cortesanos[560], mandando publicar una instrucción en la que se ordenaba fuesen los indios tratados con suavidad, vestidos y alimentados sin miserias, y enseñados con cristiano celo. Tal instrucción fué letra muerta ó papel mojado para los codiciosos encomenderos. Los Dominicos comprendieron perfectamente su inutilidad, y sostuvieron que mientras los individuos tuviesen interés de tratar á los indios con rigor, ningún reglamento público podía hacer ligera su servidumbre. Algunos pasaron á Europa para buscar mantenedores de su doctrina. Los que quedaron en la isla siguieron con prudencia propagándola. Las violentas disposiciones de Alburquerque colmaron la medida, avivaron el celo Dominico, y proporcionaron á los oprimidos un protector activo, valeroso, inteligente y de prestigio que tomó á su cargo la defensa de su desgraciada causa. Llamóse tal defensor Fray Bartolomé de Las Casas[561].