5.—La nota característica del Arte Americano, es su complicado simbolismo. El motivo religioso determinaba siempre las emociones artísticas del Indio, y si las exteriorizaba en colores ó formas, lo hacía con fines supersticiosos ó mágicos.

Fig. 147.—Dibujo propiciatorio (Pueblos).

En casi todas las tribus los cuatro puntos cardinales se simbolizaban por colores distintos usados á manera de invocaciones ó vehículo propiciatorio, á los tutelares del fuego, del aire, del agua ó del viento. El color rojo era, además, emblema de la fuerza y la guerra; el blanco, de la paz, y el negro, de la nocturnidad y del llanto. Los Navajos en sus pictografías unían el simbolismo de los puntos cardinales con el del sexo. Así el azul, ó color del Sur, era emblema de lo femenino, y de lo masculino, el negro, ó color del Norte. El apacible y azulado Río Grande, era llamado el "agua hembra", para distinguirlo del Río San Juan (agua macho), siempre parduzco y turbulento[233].

Por lo demás, y si exceptuamos los ingenuos bosquejos de los Esquimales, Tlinkits, etc., los aborígenes americanos consagraron al arte decorativo casi todas sus actividades estéticas.

Fig. 148.—Sonajero Moki.

El rasgo peculiar de este arte fué la imitación de objetos reales. En las innumerables muestras que han llegado hasta nosotros, no se encuentran líneas puramente ornamentales, ni mucho menos ideas geométricas. Los diseños más frecuentes se derivan de las formas animales (zoomorfos), humanas (antropomorfos), de objetos usuales (skeumorfos), y algunas veces de flores y plantas (filomorfos). En las vasijas "Chiriquis", por ejemplo, la figura del aligator se va transformando hasta desfigurarse. Las tribus "Bakairis" del Brasil Central imitan en pedazos de corteza decorados la forma triangular del atavío (uluri) de sus mujeres.

Otro tanto puede decirse de las esculturas indígenas. Si recorriendo el continente de Norte á Sur nos fijamos en las más perfectas; si observamos, por ejemplo, los postes y canoas talladas de los Haidas y Esquimales, los idolillos Chibchas y Chiriquis, los calendarios en piedra, ó el "Indio triste" de los Aztecas, las ponderadas losas y monolitos de los Mayas, los bronces Calchaquies, ó las cerámicas Quechuas, encontramos siempre la misma rigidez de líneas, la misma tosquedad de factura, el mismo afán de imitación grosera, la misma falta de espontaneidad é idealismo[234]. Como el Indio sólo esculpía ó pintaba para invocar á sus Dioses, ó producir determinados hechizos, no se preocupó nunca de la perfección objetiva de sus instrumentos ó vehículos. La lámpara de la belleza no llegó nunca á iluminar sus representaciones ó su plástica[235].