—Pensad más bien en vuestros pecados, vizconde—dijo gravemente don Fernando,—para que Dios os perdone en el día del juicio final.
—Felizmente, don Fernando, todavía llevo la espada al cinto para pelear al Demonio si se atreve conmigo—repuso gallardamente el gascón, desnudando su toledano estoque y acometiendo con él a un enemigo invisible... Cuando lo volvió a envainar, agregó, decidor:—Pero es ridículo que no aprovechemos estas cortas vacaciones y que, mientras pudiéramos divertirnos, nos quedemos aburriéndonos aquí, con las solemnes caras de tontos que teníamos en los retratos... ¡Bebamos por mis pecados!
—¡Por vuestros pecados!—exclamó indignada doña Brianda.
—No, por el perdón de los pecados de abuelito el vizconde—intercedió seductoramente doña Inés.
—Vamos, perdonadme, oh duquesa, mi ilustre consuegra, por el amor de nuestros hijos—solicitó galantemente Guy de la Ferronière a doña Brianda, que, en prueba de su buena voluntad, le tendió la mano para que la besara.—Bastante reñimos ya en el siglo xvi, para que volvamos a las andadas. La cosa no nos divertiría ahora, porque ya no tiene novedad. ¿No es cierto?
Suspiró doña Brianda dignamente, por única respuesta. Y todos bebieron después; todos menos uno, el anfitrión, pues no le alcanzaron las copas, habiendo él roto dos, de puro nervioso, al tomarlas para que sirviera el vizconde...
—No os apuréis por eso, amado sobrino—díjole doña Inés, tendiéndole su propia copa, después de haber sorbido en ella dos o tres traguitos.
Bebiose el joven el resto, y sintió mirando a su bella tía, que un fuego interno le abrasaba, como si el añejo Oporto fuera un filtro de amor.
—Parece que nuestro querido sobrino no pierde el tiempo—observó maliciosamente el vizconde, refiriéndose a doña Inés y al joven duque.—Haznos los honores de tu casa, Pablo. Piensa que sentimos nuestros músculos un poco entumecidos de las posturas que nos dieron los pintores. Para desentumecernos nos vendría muy bien danzar un poco. ¿No tienes por acá un laúd?
—¡Bailar! ¡Excelente idea!—interrumpió palmoteando doña Inés.—Ahí no sé por qué capricho, pues yo nunca amé la música ni supe tocar una nota, me ha puesto Goya un laúd sobre una consola, en el fondo de mi cuadro. ¡Tomadlo, vizconde, y tocadnos algo para que bailemos!