—Hace algún tiempo que no se abre...—repuso Pablo.

—Algún tiempo... un par de añitos, por lo menos... Pues en tal caso, si el fraile pasa la noche de rodillas, «saperbleu!», se va a ensuciar su hábito blanco, y cuando vuelva al retrato, dará asco.

Doña Inés lanzó una alegre carcajada; doña Brianda estiró su labio con una mueca de desdén y de fastidio...

—Tantas veces os dije, vizconde—observó don Fernando,—que en España no debéis nunca burlaros o hablar ligeramente de sacerdotes y cosas de religión...

—Sois insufrible, caballero—aseguró a Guy doña Brianda.

—¿Cuándo aprenderéis a estaros con juicio?—preguntole el primer duque de Sandoval.

—¿Cuándo? ¿Y todavía me lo preguntáis? ¿No me he pasado tres siglos quieto, quietecito, colgado siempre de la pared, sin moverme, sin pediros en préstamo ni un maravedí, mi querido consuegro, sin haceros una guiñada, «sage comme une image»? ¡Bien sabéis que muchas veces me ha picado la nariz, porque se paraba una mosca encima, y que ni a escondidas he desprendido la mano de la cintura para rascarme!

—Lo cierto es que mi abuelito el vizconde—intervino graciosamente doña Inés—debe haberse aburrido de lo lindo en su cuadro, habiendo llevado antes una vida tan divertida en Gascuña, en París y hasta en Toledo. ¿Os distraíais recordando vuestras aventuras?

—A veces, cuando no flechaba el corazón de la respetable matrona que tenía en frente—repuso Guy, aludiendo a doña Brianda.

—Estáis faltando a una dama... ¡y a una dama de vuestra familia!—clamó indignada la aludida.