—Estos franceses—murmuró doña Brianda, con la severidad de una dueña,—más que galantes, parecen deschabetados.
—El hecho es—dijo don Fernando a Pablo, como para cortar la conversación,—que nos encontramos muy bien en tu casa y que gozaremos algún tiempo de tu castellana hospitalidad.
Aquí se oyó la gruesa voz del fraile, con entonación casi iracunda:
—No es por encontrarnos bien por lo que nos quedaremos un tiempo en vuestra casa, joven duque, sino para cumplir un designio de Dios. Él nos dio la vida, Él nos la quitó, Él nos la devuelve hoy. No somos más que instrumentos de su Voluntad omnipotente, que acaso nos llama a cumplir una grande acción en su pueblo predilecto, el reino católico.
—Amén—agregó doña Inés, más devota que burlona.
—Para servir mejor a mi Dios—continuó el fraile,—permitidme que me retire a mi habitación... No tenéis por qué incomodaros acompañándome, joven duque; yo conozco el aposento que me destináis y puedo ir solo y abrirlo, con la gracia de Dios, llave que abre todas las puertas. Buenas noches.
—Buenas noches, padre—repuso a coro la compañía.
Y fray Anselmo se retiró, haciendo sonar entre sus magros dedos las gruesas cuentas negras del rosario que pendía en la cintura de su hábito blanco.
—Es uno de los más preclaros varones de nuestra casa, un verdadero santo—exclamó con unción doña Brianda.
—¿Está limpia y ventilada la habitación que se le destina?—preguntó zumbonamente el gascón.