—¿Y no nos habías ofrecido buen vino de «Bourgogne»... o de «Porto»?

—Voy a buscarlo con el mayor gusto, si lo deseáis, caballero...

—¡Eh! Yo no soy español. Puedes tutearme, muchacho. Los franceses, entre iguales, nos tratamos como iguales.

Dejando instalados a sus extraños huéspedes, todos como en cuerpo y alma, bajó Pablo a la bodega, y volvió al rato con copas de cristal y botellas cubiertas de polvo y telaraña. Estaba pálido y tembloroso, pues en el estado de sobreexcitación en que se hallaba, habíale asustado como espectros un par de lauchas que corrieran en la obscuridad de la bodega.

—Vamos, tranquilízate, «mon cher»—le dijo el gascón.—¿Te han aterrorizado las ratas del sótano? En mi tiempo, los jóvenes eran más animosos. Cuando yo tenía quince años...

—Dejad vuestra historia para otro momento, vizconde, si os place. Ahora beberemos—interrumpió con serena autoridad don Fernando.

—Tenéis razón, querido consuegro. Bebamos a la salud del último duque de Sandoval.

Y el mismo gascón descorchó las botellas y sirvió a los presentes con gallarda alegría. Entonces pudo ver Pablo que las cinco visitas habían tomado completa posesión de su casa. Encendidas nuevas luces, estaban diseminadas por la sala, en familiares posturas y cómodos sitiales. El único que permanecía en un rincón, fosco y como inspirado, era fray Anselmo.

—Yo me siento aquí tan a «mon aise», como si estuviese «chez moi»—decía el gascón.—Siempre me encontré bien en España, porque si los españoles son un poco orgullosos, también son valientes, valientes como los mismos franceses. ¡Y nunca vi mujeres más lindas que las de España!—Doña Inés agradeció con su mejor sonrisa, mientras proseguía el vizconde:—¡Sobre todo, que las mujeres de España cuando tienen también su poquito de sangre francesa, como mi nieta doña Inés!

—No seáis adulador, vizconde—repuso ésta, irónicamente.—Tal vez si me vierais bajo mi estatua yacente que está en la catedral de Ávila...