Don Mariano, un cuarentón bien parecido y mejor conservado, se presentó como amable hombre de mundo. Manifestose alegre y decidor. Si tuvo una novia inconstante en otro tiempo, esa novia parecía ya harto olvidada.

Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con una «elegante señorita» que había visto en la ventana de una casa vecina. Adolfo protestó ingenuamente; él no volvería a casarse...

—Se encuentra usted demasiado bien así—dijo Vázquez—con unas hermanas como las que usted tiene... ¡Feliz de usted!... Pero esta felicidad no puede durarle toda la vida... Ellas se casarán alguna vez...

—¡Oh no!...—interrumpió Coca.

—¿Y por qué no se casa usted?—preguntó Adolfo a su amigo.

—En cuanto a mí—contestó Vázquez, con un vago dejo de tristeza—debo decir que siento no haberme casado... ¡Sobre todo cuando visito un «home» tan alegre y cariñoso como éste!

—¡Pero aun está usted a tiempo de casarse, señor Vázquez!—interrumpió otra vez Coca, como distraídamente y como arrepintiéndose luego de su distracción...

Vázquez no se dio por entendido, y siguió hablando, ahora de temas indiferentes. Describió su establecimiento, exponiendo sus planes y proyectos con juvenil animación. Terminó insinuando su deseo de que lo honrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...

—Aunque mi hospitalidad y mi mesa de solterón—añadió—no serán tan confortables como las de esta casa...

Coca hizo un gesto como diciendo que no les importaba la casa y la mesa, sino el dueño de casa y amigo... Mientras éste, saboreando el postre, un dulce de fresas, exclamaba sinceramente: