—¡En mi vida comí nada más delicado!

—Es obra de Laura—observó Coca, faltando impudentemente a la verdad, porque ella era la autora del dulce.—Esta Laurita tiene unas manos de oro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o leer a perder mi tiempo en esas labores caseras. Y miró a su hermana mayor para que no la fuera a desmentir. ¡Cada cual debía desempeñar hasta el fin el papel que se impusieran!

Y desempeñando su papel, por seguir la broma, Laura ofreció más dulce a Vázquez... Luego le convidó con un licor de su cosecha... y dejó que admirara su habilidad—esta vez verdadera—en el arreglo de la casa...

A su vez, Coca no olvidó un momento de hacerse la coquetuela, melindrosa y casquivana. Dijo que la música le atacaba los nervios, que detestaba el campo, que su ideal era el dolce far niente, y cien necedades más...

Vázquez le preguntó si tenía novio, y ella se puso muy colorada al contestar débilmente que no, como si dijera: «Los tengo a montones».

—Supongo que todavía hay jóvenes de buen gusto en el mundo—dijo galantemente Vázquez.

Con femenina impertinencia, Coca le repuso:

—Los jóvenes de buen gusto no me han de querer a mí, pobre y rústica campesina...

Después de comer, Coca ofreció bombones al estanciero, en su rica caja de porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos de la casa.

—¡Hermosa bombonera!—observó Vázquez, admirándola.