—Un recuerdo del corso de las flores, en la última temporada que pasamos en Buenos-Aires...—aclaró Coca, afectando cortedad.

—¿Regalo de quién?...

—¡Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y compañero de armas de mi hermano Ignacio... el capitán Pérez...

Y así soltó, aprovechando la ausencia de su hermano Adolfo, que se había levantado a traer cigarros, el primer nombre que se le vino a la cabeza... Dijo «Pérez» como podría haber dicho «Fernández», «Rodríguez» o «Martínez». Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo tenía verdadero, para despertar celos en Vázquez... ¡Los hombres debían sentir los celos antes del amor!...

Laura miró con asombro a su hermana, y no se atrevió a aclarar el punto, dejando correr la invención del «capitán Pérez», el pretendiente fantasma...

Despidiose Vázquez y volvió al cabo de tres o cuatro días. Sus visitas menudearon desde entonces. Venía a jugar al ajedrez con Adolfo. Se hizo íntimo de la casa...

En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar al capitán Pérez, con cualquier pretexto...

Una vez, Adolfo preguntó:

—¿Quién es ese capitán Pérez?

Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso: