—Entonces, yo lo haré por ti. Fabricaré algo bueno y se lo enviaré en tu nombre... El inconveniente es que no sé si contaré mañana con los elementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unas empanadas de vigilia, de esas «especiales» que yo sé amasar...

—¡Por Dios, Coca!—exclamó alarmada Laura.—¡No vayas a mandar empanadas de vigilia! ¡Mira que hemos pasado la Cuaresma!

—¡Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa! ¡Mañana mismo las tendrá Vázquez en tu nombre!.....—afirmó Coca con decisión.

Deseó luego las buenas noches a su hermana para cortar toda réplica, diose vuelta hacia el lado de la pared, y quedó pronto dormida como un pajarito. Entretanto, escuchando su fácil y rítmica respiración, Laura se revolvía insomne entre las sábanas. Agitábanla pensamientos tan vagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido confesárselos a sí misma...

A la mañana siguiente Coca se puso muy temprano a la obra. Sin atender a las protestas de su hermana, que amanecía con dolor de cabeza, amasó y coció unos delicados pastelitos criollos. Y, escondiéndose de Laura, mandóselos en su nombre a don Mariano, «para que los probase, ya que había sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidades de repostera.»

En la misma tarde pasó don Mariano por la casa de sus amigos a agradecer la atención.

—Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en ellos las manos de una hada benéfica—dijo a Laura.

Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no mereciera, Laura parecía turbada... Adolfo, que estaba presente, contestó entonces por ella:

—No son obra de Laura, Vázquez, sino de Coca...

—Laura fue quien los hizo y los mandó—afirmó ésta osadamente.