En un abrir y cerrar los ojos, las botellas estuvieron abiertas. Guy envainó la espada, tomó una, la alzó, la miró, tendió el brazo, y dijo:

—¡Por las glorias del rey de Francia!

Mas viendo que no se movía Manuel, lo increpó de nuevo:

—¡Toma pues la otra botella, animal, y no me mires así! Te he dicho que no soy la Virgen María.

Empuñó Manuel tembloroso la otra botella y la acercó a los labios...

—Repite antes, ¡por San Clemente de Alejandría! que bebes por las glorias del rey de Francia, si no quieres que te rompa la cabeza de un botellazo.

Manuel repitió:

—Por la gloria del rey de Francia...

Y el vizconde y el ayuda de cámara empinaron cada cual su botella. Poco acostumbrado a este deporte, a Manuel le faltó pronto el aliento, interrumpiose y erutó rociando el rostro del gascón con un gran buche de vino.

—Esto trae suerte—dijo Guy, riéndose.—Sigue, muchacho...