—Decid más bien, ¡nos insultamos!
Hízose una pausa, que interrumpió el anciano duque:
—Guardemos compostura, vizconde. Recordad que tenemos una alta obra que cumplir. Dejad para otro momento vuestros arrebatos y vuestras bromas.
—¡Para otro momento, querido consuegro? ¿Para cuándo? ¿Para cuándo tenga que estarme otra vez años y siglos, ahí, rígido en el cuadro, aunque me pique la nariz o se me duerma una pierna?
Y cambiando en seguida de tono, sacó Guy de un bolsillo de terciopelo verde una grande y pesada moneda de oro, y se la tiró a Manuel, diciéndole:
—Anda, buen hombre. Ahí tienes para poner gallina en tu puchero todos los domingos durante un año. No la vayas a jugar como un bellaco.
—Mejor que estar departiendo con los criados, vamos al salón, vizconde—interrumpió don Fernando.—Hay allí un complicado y curioso instrumento moderno, que Pablo, creyéndolo antiguo, lo ha hecho traer, para tocarnos en él no sé qué danzas, también muy modernas... pavanas y gavotas. El instrumento es llamado «clavicordio». Doña Inés lo conocía y está encantada.
—¡Cómo! ¿Doña Inés y Pablo están tocando el clavicuerno?...
—¡Cla-vi-cor-dio!
—¿Y no está colgado en esa sala algún retrato de nuestro amado pariente el conde de Targes?