—Vamos, dejaos de chanzas, Guy...—díjole Pablo.
—Pero el gascón se hacía el muerto, o, mejor dicho, se hacía el retrato, en la misma o semejante postura en que el Tintoretto lo pintara.
—Bajad de una vez...—suplicaba Pablo.
Como si no lo oyera, lo mismo que antes de la noche memorable, el vizconde de la Ferronière se estaba quieto y silencioso, «sage comme une image».
—No seáis terco, abuelito—intervino doña Inés.—Ved que inquietáis a Pablo.
—Dios podría castigaros—manifestole doña Brianda—dejándoos allí otra vez para siempre.
El hecho es que no sólo Pablo, sino que todos estaban alarmados, temiendo fuera ya llegado el momento fatal de despedirse de su último sueño de vida humana...
—Siempre con bromas de mal gusto, vizconde—refunfuñó don Fernando.
Haciendo oídos sordos, el porfiado gascón permanecía impávido, sin fruncir ni la punta de la nariz... De pronto, doña Inés soltó una carcajada cristalina:
—¡Se ha equivocado de postura! En vez de cruzar la pierna derecha, que es la que se le había dormido, como estaba antes, ha cruzado la izquierda... ¡Si lo sabré yo, que lo he tenido tantos años ante mis ojos... ¡En la pierna izquierda es donde le dará ahora no más un calambre!