—¿Cómo, Pepa?... ¿Te has olvidado ya de tus hijos y de tu marido?... Ellos te han buscado de día y de noche... Se les ha dicho que has de haber muerto ahogada en el río y te han hecho un funeral... Te han llorado; todavía andan de luto...

Pepa, impasible...

—Tu marido, creyéndose viudo, podría casarse con Juana, la hija del capataz, por ejemplo... Si tú vuelves impedirás ese casamiento, porque él te ha querido mucho, mucho...

Pepa oía como quien oye la lluvia...

—Juana, la hija del capataz, te ha sustituido en la cocina de don Lucas. Pero don Lucas está muy descontento; dice que no volverá a tener otra cocinera como tú... Y esa Juana es una desfachatada, que provoca sin cesar los festejos de tu marido... Felizmente, tu marido no te ha olvidado aún. Estás en tiempo de volver...

Pepa, como antes...

—Tus hijos están bien todos, Pepa... Sólo Perico, el chiquitín, ha tenido últimamente escarlatina o sarampión... ¡El pobrecito está muy débil y no tiene quien lo cuide!... La que está hecha una señorita es tu hija mayor, la Pepeta. Ha cumplido los quince años y se ha puesto vestido largo... Don Lucas teme que se case pronto con Roque Torres, el compadrito aquel que echaste con cajas destempladas, como que ahora no estás para echarlo...

Y Pepa, silbaba, como si nada se le dijera...

—Todos te recibirán con los brazos abiertos, Pepa, si quieres volver... Se sabe que el Chucro te robó contra tu voluntad... ¡Nadie te diría una palabra!

Pepa, siempre lo mismo...