—¡Recuerda, Pepa, la buena vida que antes llevabas y que pudieras llevar de nuevo!... Compárala con tu vida actual, tan llena de peligros y privaciones... Además, cualquier día, en un momento de rabia, el Chucro te matará de una puñalada... ¡Ya que no por mí, por tí misma, Pepa, que siempre has sido una mujer buena, y por tu marido y tus hijos, escapémonos!... ¡Quizás no se te presente en mucho tiempo otra ocasión mejor que esta!...

Y Peñálvez siguió gimiendo, implorando, aconsejando largas horas, sin que Pepa la Gallega pareciera apercibirse de sus gemidos, imploraciones y consejos...

II

Ya el sol empezaba a declinar, cuando volvió el Chucro...

—Los policías se han ido—dijo a Pepa.—Priende fuego y poné agua a calentar pa' el mate.

Pepa hizo como se le dijo. Y, puesta ya el agua al fuego, el Chucro agregó:

—Ahora andate a buscar el cuerpo del comisario. Está a unos pasos del seibo grande, donde enterramos a Pancho el isleño. Cargalo y tráilo pa' acá, mientras se calienta el agua.

Con su habitual reserva y obediencia, Pepa fue a buscar el cuerpo del comisario... Entretanto, el Chucro tomaba mate tras mate. Y su aspecto era tan torvo y sombrío, que Peñálvez no se atrevía a hablarle...

Al rato volvió Pepa, jadeante, arrastrando el cadáver. Arrojolo sumisa a los pies del Chucro, dicióndole en un tono de ternura ilimitada:

—Aquí está.