—Con la carne que sobró de ayer haceme un churrasco al asador.

Otra vez obedeció servilmente la Pepa. Puso el churrasco en el asador y se quedó contemplando a su amo y señor en una actitud que rayaba en frenética adoración...

—¿Qué estás mirando, gallega bruta?—preguntole de pronto el Chucro, con colérica voz—¿Por qué no ponés salmuera al asado?

—Se me olvidaba...—repuso ella.—Voy a ponerle.

Sin manifestar su atención, Peñálvez seguía mientras tanto cavando la fosa del comisario... «¡Pobre comisario!—decíase.—Era demasiado pueblero... ¿Por qué no haría caso cuando le advertimos que no debía internarse así no más en los matorrales de las islas?... ¡Yo fui un tonto en seguirlo! Podría haberme excusado diciendo que estaba enfermo... Pero, ahora que no tiene remedio nuestra imprudencia, ¡sabe Dios lo que me espera!...»

Al rato, el Chucro volvió a preguntar a la mujer:

—¿Hay galleta?

Ella contestó:

—Sí. Todavía nos queda una de las que compré la vez pasada a los isleños.

El Chucro preguntó aún: