—¡Cómo! ¿Queda una sola? ¿Te habrás comido vos las demás?...

Con la indiferencia de su absoluta pasividad, Pepa repuso:

—Yo nunca he comido galleta sino cuando tú me das un pedazo...

—¿Y hay caña?

—Sí.

—Poné entonces la galleta y la caña cerca del fogón, que en cuanto esté el churrasco, comeré...

—Voy...

Al contemplar a la Pepa, Peñálvez rememoraba las frecuentes visitas que hacía a don Lucas. No faltaba un domingo a su mesa. ¡Se comía antes también en aquella casa!... ¡Lástima que desapareciera la Pepa! Porque Juana, su sucesora, no tenía la habilidad de la española...

Lo malo de la española era entonces su geniazo. Y recordó algunas escenas que presenciara, en las que se demostraba ese geniazo de la Pepa. ¿No había llegado una vez a tirar una cacerola a la cabeza de su marido, el cochero de la casa, porque éste pellizcara a Juana, la hija del capataz?... ¡Cómo había cambiado esta mujer bajo el dominio fascinante del Chucro!...

Un poco cansado de tanto cavar, Peñálvez hizo una pausa y miró al cielo. Muy alto, bajo las nubes algodonosas, pasaba una larguísima bandada de pájaros blancos, volando con majestad de serafines. Luego, bajó la vista, y vio que, en la maleza, daban su alegre nota las flores de los ceibos, rojas de un rojo húmedo, como encías de mujer. A lo lejos oíase el monótono grito de un ave zancuda... ¡Él no podía morir en medio de aquella Naturaleza exuberante de vida!