Advertido de su distracción, apostrofolo el Chucro, apuntándole al pecho con la carabina:
—¿Por qué te quedas papando moscas? ¡Acabá de una vez el pozo, si no querés que te entierre antes que al comisario!
Peñálvez se secó el sudor de la frente y siguió cavando. Entre los golpes de pala cavilaba cómo daría, cuando volviera, la noticia de su viudez a la mujer del comisario. Era bastante simpática esta muchacha. La última vez que la vio llevaba un traje de muselina blanca con pintas azules y unas rosas thé en el pecho. Sería la viuda más apetecible del pueblo...
Después de cavar un momento más, vio que la fosa ya era bastante grande, aunque el comisario fuera hombre alto y grueso. Fue así que dijo tímidamente al Chucro:
—Creo que ya podríamos enterrarlo...
El Chucro miró la fosa, pareció satisfecho, y ordenó a la Pepa:
—Quítale al muerto las prendas que lleva.
La Pepa sacó al muerto el dinero, las alhajas y la ropa, dejándole sólo la camisa...
—¡Sácale también la camisa!—gritole el Chucro.
Y cuando la Pepa había cumplido su orden, él mandó a Peñálvez: