—Si el asado no se come ahora, se reseca y se quema...

Viendo que la segunda fosa no se concluía, decidiose el Chucro a comer antes de enterrar a Peñálvez... Pero estaba en los primeros bocados, cuando éste se detuvo...

—¿Por qué no seguís?—preguntole.

—Ya acabé...—contestó Peñálvez, verdaderamente sonámbulo.

El Chucro dejó su asado sobre un madero, acercose, vio que la obra estaba terminada, se rió, tomó la pala de manos de Peñálvez y le asestó un golpe mortal en la cabeza. Luego, hundiole varias veces en el cuerpo la misma cuchilla con que comiera, y tiró a la fosa el ensangrentado cadáver del escribiente...

Limpiado que hubo la cuchilla en el césped, volvió a comer su churrasco, mezclando en el acero las mal limpiadas gotas de la sangre de Peñálvez con el jugo del churrasco. De cuando en cuando se empinaba el porrón de aguardiente de caña, hasta quedarse medio borracho, según su costumbre, a la caída del sol.

Como el crepúsculo se obscurecía ya, fue a tenderse en el rancho. Y vio que la Pepa estaba cortando dos palos.

—¿Qué estás haciendo?—le preguntó.

Después de vacilar un momento, ella contestó, trémula de miedo:

—Una cruz para los muertos.